
Suelo hablar con mis pacientes acerca del estrés y del estilo de vida que llevan día a día. Junto a los profesionales de mi equipo desarrollamos tests, cuestionarios y diversas tareas para ayudar a las personas a tomar conciencia de cómo están viviendo.
Sé que muchos se preguntan en un primer momento: ¿qué tiene que ver esto con mis kilos de más? ¿No son éstos acaso una resultante de comer mucho y moverme poco? Sí, esto es así. Esas son las puertas de entrada a la gordura. Pero no siempre las puertas de entrada coinciden con las de salida.
Se engorda cuando hay una predisposición o fragilidad metabólica genética en alguien que nace en una sociedad en la que -paradójicamente- abunda la comida, los electrodomésticos, los autos, los ascensores.
Hasta ahora no se descubrió la manera de cambiar los genes o el metabolismo. Tampoco sería posible ni deseable desandar todo lo avanzado en materia de confort. Y los medicamentos creados hasta hoy son cada vez más efectivos pero sólo dan resultado si se suma el esfuerzo personal.
Esto nos enfrenta a la necesidad de cambiar hábitos. Es aquí donde se hace presente el estado de ánimo.
Cambiar no es imposible, pero no cabe duda que tampoco es fácil. Quien decide hacerlo debe tener el mejor estado espiritual para emprender un largo camino. Convivir con una enfermedad crónica y vencerla fortalece el espíritu, templa, hace madurar como persona. Pero para lograr ese objetivo es necesario reducir al mínimo los motivos de estrés, que reduce las energías, y cargar las baterías con todo lo positivo. Esto nos animará a seguir adelante con la decisión que hemos tomado, adelgazar y mantenernos en un peso posible durante el resto de nuestra vida.