
Las excusas son habituales en distintos órdenes de nuestra vida: en el trabajo, en el estudio, en las relaciones de pareja, en el cuidado de nuestro cuerpo. Muchas veces son útiles para protegernos de distintas situaciones, por ejemplo, cuando no alcanzamos un objetivo, cuando cometemos un error o cuando nuestros defectos se vuelven evidentes. Bien utilizadas, estas excusas pueden ser hasta necesarias, pues nos ofrecen consuelo, alivian el sufrimiento y permiten desarrollar la tolerancia hacia nosotros mismos y hacia los demás. Somos seres imperfectos que vivimos en un mundo imperfecto, y nadie está exento de equivocarse.
Sin embargo, a veces las excusas se transforman en algo más. Cuando nos acompañan todo el tiempo, cuando nos impiden arriesgarnos y probar nuevos caminos, cuando sólo sirven para engañarnos a nosotros mismos, se convierten en un boomerang que sólo logran causar más dolor. En mi larga experiencia con la obesidad, he escuchado muchísimas excusas para postergar el tratamiento o para encararlo a medias, esperando siempre el fracaso y no el éxito.
Uno de los pretextos más populares es “No vale la pena, después vuelvo a engordar”. Esta excusa ya no sólo busca protegernos de la frustración: es la causa de la frustración. El temor a fracasar lleva de este modo a dejar de intentar y por lo tanto, a fracasar. Eso sí, sin mover un dedo.
El principio es siempre el mismo: es mucho más fácil y más seguro seguir teniendo sobrepeso que ponerse en acción para dejar de tenerlo. Estar mejor cuesta trabajo, y no todos están listos para ello. Pero en lugar de reconocer y aceptar esta situación, muchos recurren a las excusas e inventan culpables imaginarios.
Detectar cuando una excusa nos perjudica es fundamental no sólo para controlar el peso sino para conocernos mejor y poder alcanzar nuestras metas y potencialidades. Si en lugar de decir “el lunes empiezo”, usted reconoce: “todavía no estoy listo para empezar”, estará en mejores condiciones de saber qué pasos dar a continuación. Por ejemplo, puede preguntarse por qué cree que aún no está listo, o qué cambio -pequeño o mediano- sí puede emprender para avanzar progresivamente hacia objetivos mayores.
Al tomar conciencia de nuestros problemas y querer ponerles punto final, nos daremos cuenta de que, en realidad, nosotros somos los responsables de nuestros aciertos y nuestros errores, y que nadie más controla nuestra vida. Al elegir no “taparse los oídos”, probablemente algunas personas decidan seguir siendo obesas, pero serán personas nuevas a las cuales su gordura no les impedirá relacionarse con el mundo, trabajar con eficiencia y practicar algún deporte. Y sobre todo, sabrán cuándo y cómo empezar a cambiar.