Este es, en 68 años, el primer día del padre que no te tengo conmigo...
Te escribo desde mi consultorio, que aún tiene partes del primero que me regalaste cuando me recibí. Estoy rodeado de libros, algunos son los que me compraste cuando era estudiante. Vos, que no pudiste estudiar, nunca dudaste de que yo debía hacerlo.
Tranvía, subte, tren hasta Lomas de Zamora todos los días para caminar 60, 80, ¿100? cuadras cobrando la luz casa por casa, como se hacía antes. Con eso, y después con la farmacia familiar, me pagaste, junto con mamá, el Liceo Naval y el estudio en la UBA sin que me faltara nada: ni un libro, ni un instrumento o un peso en el bolsillo.
Sé que te volví loco cuando me escapaba para trabajar de extra de cine descuidando los estudios (¡pero en el fondo tu combate era más suave que el de mamá!).
Te cuento que si en vida te admiré, hoy me doy cuenta de que me quedé corto.
Muchos me siguen contando cosas tuyas que no conocí. Cristina, tu querida profesora de computación y gran amiga, me sigue revelando, en cada mail de los muchos que intercambiamos, tus “travesuras” con la comida de vez en cuando, el vinito extra, las ocasionales trasnochadas, y alguna novia; tu generosidad, amabilidad e ingenuidad para algunas cosas y tu agudeza para tantas otras; tu capacidad para dar soluciones sencillas a problemas complejos: el echar agua y no nafta al fuego, o prender la luz de alarma cuando uno se hacía el distraído con algo.
También acerca de cómo viviste el vínculo conmigo desde que murió mamá… Diez años que nos tuvimos mutuamente. Diez años que fueron distintos a los otros cincuenta y ocho. Fuiste más papá, más amigo, más compinche y confidente.
¡Qué suerte haber podido ver quién eras mientras estabas físicamente presente!
En estos 3 meses miré nuevamente fotos familiares y fui recordando todo lo que me diste y me enseñaste desde chico, muchas veces sin proponértelo, con cosas simples e irremplazables como escucharme y mostrarme siempre tu interés.
No recuerdo reproches ni amenazas que vinieran de vos.
Hoy comprendo que me aceptaste sin ponerme condiciones. Aunque no aprobabas todo lo que hacía, siempre me alentaste, salvo en lo que pensabas inconveniente.
Fuiste un hombre lleno de optimismo y creatividad… ¡¡Pude reírme mucho con vos, papá!!
Me diste todos los gustos que pudiste. Me malcriaste, me regalaste juguetes que aún recuerdo (un juego de la oca, un meccano, un tren a cuerda) y de grande me hiciste todos los trabajos en madera que yo te pedía.
Muchas veces dudé sobre qué regalarte para esta ocasión, para tu cumple o cuando volvía de mis viajes. Ahora, cuando voy a tu casa y miro los lugares que le destinabas a mis regalos, me doy cuenta todo lo mío era un tesoro para vos.
No me dejaste sentir que los años pasaban, nunca te mostraste envejecido ni achacado.
En realidad creo que la primera vez que sentí ya no tenía veinte años fue cuando te fuiste... ¡Si vos seguías teniendo 40, yo seguía en los 20! Pero no te preocupes, ¡ya me siento joven de nuevo! Después de todo, si vos lo eras a los 95, yo no puedo ser menos... ¡¿eh?!
Viejo: todos los días se me ocurren cosas que me hubiera gustado preguntarte y ya no puedo. Por ejemplo: si fuiste feliz, cuál era tu juguete preferido de chico, por qué leías Selecciones, en quién pensabas cuando hacía tus caras de cerámica. Una la sacaba la lengua a alguien... ¿a quién?
No te pregunté qué sentiste cuando murió tu mamá a los 10 años. De chico me daba miedo preguntarte, no concebía la vida sin mi mamá.
De grande pensé que lo habías superado, pero una amiga tuya me dijo que no fue así. Que nunca lo superaste y nunca me lo dijiste.
Tampoco te pregunté cuánto extrañaste a mi mamá los 10 años que no la tuvimos. Bueno... vos tampoco me lo preguntaste a mí. Quizás los dos lo dábamos por sentado.
No supe qué era lo que mas te gustaba de mamá y qué sentían cuando tocaban juntos el acordeón, con una mano cada uno.
Vos aceptabas y querías a mis mascotas, pero fuera de tus pajaritos nunca quisiste tener perro o gato. Nunca te pregunté por qué cambiaste de idea el año pasado y adoptaste a Falucho, hoy mi perro más travieso.
No te pregunté cuál fue tu navidad más feliz ni la más triste. Tampoco qué es lo que te hubiera gustado hacer con toda tu alma y no hiciste, de qué estabas más orgulloso o más arrepentido.
Oí mil anécdotas de tus hermanos pero no te pregunté por el carácter que tenían, ni tampoco el de mis abuelos. No sé qué te hizo reír más en tu vida, por qué empezaste a tocar la guitarra ni en quién pensabas cuando escribiste tu polka "Guaripola Pola".
No supe qué era lo que más agradecías ni cuál fue la peor traición que habías recibido.
Un remisero me contó que lo que más te preocupaba de tu propia muerte era el disgusto que me ibas a dar.
Nunca lo hablamos. No te pregunté qué querías que se hiciera con tus herramientas ni con tu escritorio ni con los enanos de jardín que yo le fui regalando a mamá hace 60 años.
No te pregunté qué querías que hiciera con tus restos... ¡Si ibas a ser eterno!
Sé que nos dimos todo lo que cada uno pudo y quizás algo más, pero en su momento no te hice éstas ni otras preguntas. No se me ocurrieron. Hoy ya no hay quién las pueda contestar.
Me enseñaste que es posible aprender todos los días algo nuevo, y que es cierto que los años no vienen solos: ¡vienen con la posibilidad de disfrutar y crecer a cada instante! ¡Eras un curioso inagotable!
Papá: seguís viviendo en mis recuerdos, en las personas que te quisieron o conocieron, en las cosas que construiste para mí como si no hubiera límites para la imaginación.
Te quiero... Estás conmigo... pero ¡cómo te extraño!
Alberto Cormillot
El doctor Cormillot aprecia las fotos y anécdotas de su papá que muchas personas le han enviado, y agradecerá que lo hagan todos quienes tengan alguna.