Establezca un momento para hablar. Fije una hora, momento, para tener una reunión privada y respetuosa con su amigo para discutir sus preocupaciones abierta y honestamente, de un modo afectuoso y brindando apoyo. Asegúrese que estarán en algún lugar alejado de otras distracciones.
Comunique sus preocupaciones. Comparta sus recuerdos de momentos específicos en los que se sintió preocupado por la conducta alimentaria –o de actividad física- de su amigo. Explíquele que usted piensa que estas cosas pueden indicar que podría haber un problema que necesita atención profesional.
Evite conflictos o una batalla de voluntades con su amigo. Si rechaza reconocer que hay un problema reafirme sus sentimientos y adopte una actitud abierta y disponible para escuchar sin juzgar. Sepa que negar, enojarse o rechazar el problema es parte de la enfermedad.
Evite culpar, avergonzar o responsabilizar a su amigo respecto a sus acciones o actitudes. No utilice frases acusadoras que empiezan con vos, como por ejemplo, "vos tenés que comer" o "vos estás actuando irresponsablemente". Utilice, en cambio, frases que comiencen con yo, por ejemplo, "yo estoy preocupado por vos porque rechazás desayunar o almorzar" o "tengo miedo de escucharte vomitando".
Evite dar soluciones simples. Por ejemplo, "si pararas todo sería mejor".
Pídale a su amigo que explore estas preocupaciones con un psicólogo, médico, nutricionista u otro profesional de salud que tenga experiencia con temas de alimentación. Sugierale que considere la posibilidad de una entrevista antes de decidir hacer o no un tratamiento. Si se siente cómodo, ofrezca ayudar a su amigo acompañarlo en su primera visita.
Exprese su apoyo constante. Recuérdele a su amigo que se preocupa por él y que quiere que esté saludable y feliz.
Si está ante un problema severo o que implica amenaza de vida, hable previamente con algún familiar, compañero o amigo que pueda ayudar y preséntele a la persona un frente sólido. Busque también ayuda profesional.